La Pequeña ciudad de P.

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lunes, 25 de abril de 2016

Donald Crews de la A a la Z

En los últimos años, la proliferación de escuelas de ilustración así como de editoriales que publican libros ilustrados es una realidad que ha influido de manera notoria en la calidad de los proyectos que llegan a las mesas de novedades. Hay quien habla de sobreproducción; hay quien habla de exceso de ilustración- ¿por qué cualquier historia ha de ser ilustrada?; hay quien estima poco aconsejable publicar hasta el empacho todos los trabajos de determinados dibujantes o por el contrario, hay quien estima poco riguroso publicar "primeros proyectos" de ilustradores recién salidos de escuelas formativas.

Este último grupo es en el que nos pararemos. Supongo que relativizar es más sano que afirmar categóricamente que un ejercicio o proyecto de escuela es simplemente eso, un ejercicio-práctica o proyecto con el que el alumno demuestra ante su profesorado el aprovechamiento que ha hecho del curso. Hasta aquí todo muy obvio, pero ¿qué ocurre cuando esos ejercicios se convierten en libros? así, sin más experiencia, sin más reposo, de repente se publican, porque esto ocurre ¿lo saben, no? También es cierto que en ocasiones hay "alumnos ilustres" a los que el arte les sale por los poros, dando muestras de su aptitud para el dibujo y la narración visual desde el mismo momento que firman la matrícula del curso. En este caso deberíamos hacer la reflexión de ¿cuántos de estos alumnos aventajados pasan por esas escuelas? o ¿este tipo de ilustradores va a las escuelas de ilustración? En cualquier caso, todo esto son observaciones, una reflexión que comparto con ustedes y a la que he llegado después de ver decenas y decenas de libros que además de engrosar la lista del patrimonio bibliográfico anual poco o nada más aportan a la literatura infantil que el mismísimo olvido.

Antes las cosas no eran así; sí, es posible que hubiera intrusismo, poco nivel de exigencia e incluso falta de sentido común (particularidades que por otra parte siguen afectado a la edición actual). Lo que es seguro es que no todo acababa publicándose, y lo que salía a la luz o tenía cierta calidad, o se quedaba en ejercicio. Y con este mantra crecieron los catálogos de las grandes editoriales y de las pequeñas que gracias a esta pulcritud en la selección, hicieron llegar a la vida infantil personajes históricos con los que los niños se han hecho adultos e incluso algunos, además, ilustradores o editores.

Pero ¡pongamos un ejemplo! sí, ilustremos la historia, pero no con el ejemplo de libro publicado y que nunca debería haberlo sido; no, hagámoslo con un ejemplo de trabajo bien hecho, de un proyecto sin pretensiones que llegó a convertirse en un libro fundamental en la década de los 60 en EE.UU. y que a pesar de nacer como un simple portfolio, acabó convirtiéndose en un imprescindible y galardonado libro LIJ. Se trata del abecedario We read A to Z del afroamericano Donald Crews.

Vean, vean.

 Crews, Donald. We read A to Z. NY: Harper & Row, 1967

Donald Crews es un afamado autor americano de libros infantiles. Aunque sus primeros libros datan de finales de los 60, fue en los 80 cuando apareció una serie de libros para primeros lectores sobre el funcionamiento de los transportes los que le valieron el reconocimiento internacional (un par de medallas Caldecott entre otros premios). El autor nació en New Jersey en 1938, y durante su infancia pasaba los veranos en la granja de su abuela Bigmama (protagonista de otro de sus libros) en Florida, algo que sin duda marcó su estilo artístico. Su familia le alentaba a dibujar, veían cualidades en él, algo que no tardó en ver uno de sus profesores de la Cooper Union for the Advancement of Science and Art, su mentor en la escuela de Nueva York en la que se graduó en 1959.

Pero ¿qué ocurrió al abandonar sus estudios de arte? Crews, un diseñador recién graduado y fascinado por referentes del mundo del diseño y las artes como Bruno Munari y Paul Rand, necesitaba una herramienta gráfica que le diera a conocer, una carta de presentación para el mundo de la ilustración con la que poder llegar a clientes y comenzar su andadura profesional. Y se puso manos a la obra. El proyecto se llamó We read A to Z, y era un abecedario de 64 páginas con colores crujientes en el que los pequeños lectores podían aprender el abecedario, la grafía de las mayúsculas y las minúsculas y un sinfín de conceptos más, introducidos en un texto en el que primaba la capacidad de abstracción.

Era tal que así.


 Crews, Donald. We read A to Z. NY: Harper & Row, 1967

 Crews, Donald. We read A to Z. NY: Harper & Row, 1967

 Crews, Donald. We read A to Z. NY: Harper & Row, 1967

 Crews, Donald. We read A to Z. NY: Harper & Row, 1967

Mientras Donald trataba de montar un portfolio, no estaba siendo consciente de que estaba dando vida al que sería el primero de una larga lista de libros infantiles (propios o ilustrados para otros autores) con los que pasaría a los anales de la LIJ. Sus amigos, al ver el trabajo que había hecho, intentaron convencer a Crews de las posibilidades de edición del libro, algo que también hizo el editor de Harper&Row (actual HarperCollins) cuando vio el abecedario. Y así fue, el cuaderno de presentación de Donald Crews se publicó ese mismo año y sirvió de punto de partida para un montón de libros que siguen reeditándose y forman parte del presente de la literatura infantil americana. Su siguiente libro fue Ten Black Dots (que Harper tradujo y publicó en España en 2009). Diez años después recibió el mayor de los galardones posibles en el mundo LIJ americana, la medalla Caldecott para su Freight Train y dos años más tarde, nueva medalla para su libro Trucks.

El We read A to Z de Crews rompió los parámetros de la literatura infantil del momento, no solo porque se alejaba de los clichés de la edición de infantiles e ilustrados, lo hizo por derecho propio, porque hacía pensar a los niños. Leer y avanzar a través de sus páginas de letras, patterns y los escuetos textos que aparecían junto a las letras del alfabeto, invitaba a los niños a buscar respuestas, o a cuestionarse términos, pero lo que sin duda hacía era mantener la curiosidad del lector despierta mientras fijaba conceptos básicos en su memoria sin ser consciente de ello.

Donald Crews había hecho un proyecto de verdad, al que errónea y primeramente llamó portfolio, y que apenas tardó en convertirse en un excelente libro infantil. El autor enseñó a varias generaciones de lectores americanos el funcionamiento de los transportes y otras máquinas mediante sus colores brillantes y sus trazos gruesos. En una segunda etapa de su carrera, Crews dedicó su energía a contar historias más personales, siempre cargadas de compromiso y realidad, como en el caso de Bigmama, la historia de su infancia en compañía de su abuela. Esta segunda etapa se caracterizó por el uso de fotografía y collage en lugar de la ilustración con formas básicas y colores planos (por cierto, ¿les había dicho que se casó con una diseñadora amante de la fotografía? ¿y que su hija también hacía libros infantiles?)

Con esto, y retomando las palabras del principio del post, simplemente me gustaría dejar mi opinión sobre algo que no se enseña- o en lo que no se incide lo suficiente- en las escuelas de ilustración: a hacer autocrítica y ser honesto con uno mismo. Uno sabe que el esfuerzo, por doloroso que sea, siempre deja buen sabor de boca, y que cada día uno ha de levantarse con ganas de aprender (lo que incluye también, aprender de los demás y conocer el mundo que te rodea). Pagar un curso no da derecho a nada, no es garantía ni aval de nada y mucho menos debería ser el pasaporte para colocar a nadie donde no le corresponde (el caso de Donald Crews y su abecedario no responde a la media, que nadie se engañe). Y aprovechando las palabras de alguien que sabe mucho de estas cosas, si son ilustradores y están a punto de enviar uno de estos trabajos a algún editor, recuerden:


"... tengan un poco de paciencia; también les pedimos que tengan un poco de curiosidad, y que investiguen y conozcan mejor esta editorial"

Tras lo dicho, sigan boceteando y por supuesto, sigan leyendo.


Más A y más Z para leer en:

martes, 12 de abril de 2016

¿Media Vaca en Loring? los Libros para mañana aterrizan en Barcelona

En 1977 veía la luz en nuestro país, una colección de libros llamados Libros para Mañana- idea y textos eran de un colectivo llamado Equipo Plantel y las ilustraciones de L.F. Santamaría- compuesta por 4 libros con los que se le explicaban a jóvenes lectores de manera clara y sencilla conceptos políticos. Los títulos de los 4 libros fueron: Hay clases sociales, Las mujeres y los hombres, Cómo puede ser la democracia y Así es la dictadura.

Col. Libros para mañana. Valencia, Media Vaca

Casi 40 años después y gracias a la labor editorial de los valencianos Media Vaca, disfrutamos de nuevo de este pequeño tesoro bibliográfico vestido acorde con los tiempos que corren. Las nuevas pieles salen de los talleres gráficos de Joan Negrescolor, Luci Gutiérrez, Mikel Casal y Marta Pina, responsables de la nueva edición de los 4 libros de la antigua Gaya Ciencia y recién premiados en Bolonia.

Si están en Barcelona o provincia, si están en un retiro espiritual o permanecen ocultos en cualquier madriguera próxima a la ciudad condal, el jueves 14 ¡salgan de sus casas! y vayan a las 19.00 h a Loring Art, donde podrán disfrutar de una tarde entre Libros para mañana con la ilustre compañía de Luci Gutiérrez y Joan Negrescolor. La Pequeña Ciudad de P. participará moderando o agitando a las masas, algo que obviamente, depende de ustedes.

En definitiva, tarde a tutiplén para todos los que gusten de la ilustración, la edición y las librerías. No sé que están haciendo ahora mismo, pero deberían dejarlo y empezar a prepararse para el jueves. Pónganse guapos que allí nos vemos.


Más info en:



*Loring Art. Calle Gravina, 8, 08001 Barcelona


lunes, 4 de abril de 2016

La mesa de Stefan Themerson



Corren tiempos de héroes y heroínas de capa rota. Por ello, si alguien me pregunta acerca de qué superpoderes me gustaría tener o qué me gustaría ser, yo siempre digo: la mesa de Stefan Themerson. No se escandalicen, ser mesa no está tan mal, y menos aún si eres la mesa de los Themerson, la que se escapó al bosque.

Y es que esta mesa se cansó de la vida urbana, principalmente de los humanos, y emprendió una huida hacia los bosques, su hogar, allí donde finalmente fijó sus raíces en la tierra que la había visto nacer.

Así que figúrense, he tenido que ir hasta el bosque para buscar a la mesa y traérsela al blog. Aquí la tienen.


Stefan Themerson. The table that ran away to the woods. London: Tate Publishing, 2012

Stefan Themerson. The table that ran away to the woods. London: Tate Publishing, 2012

Érase una vez un artista polaco llamado Stefan Themerson. Stefan era el esposo de nuestra admirada Franziska- la ilustradora de aquella fantástica Alicia a través del espejo de Media Vaca de la que hablamos hace un par de años- y ambos, dispuestos a que sus hijos conocieran desde pequeños el valor del arte y la ilustración, se embarcaron en la aventura de crear libros infantiles. El proyecto les entusiasmó tanto, que su producción bibliográfica asciende a más de 20 libros infantiles, desarrollados a lo largo de sus diferentes etapas en Polonia, París y Londres.

En la década de los 30 la pareja Themerson fue una de las más importantes referencias en el ámbito de la vanguardia cinematográfica y Stefan, además del cine y libros infantiles que después ilustraba Franziska, dedicaba su tiempo a escribir narrativa- no pierdan de vista La isla de Hobson que publicó en 2012 la editorial madrileña La Automática-.

A pesar de la guerra, de la separación a la que ésta forzó a la pareja y los sinsabores que traía consigo el conflicto que azotaba Europa, las palabras de Stefan y los dibujos de Franziska brillaban con luz propia, y aparecieron en 1940 dentro de la sección infantil de un periódico de expatriados polacos que se publicaba en París y se llamaba Moja Gazeta. Se trataba de una pequeña fábula, aparentemente la rocambolesca historia de una mesa, que escondía una alegoría de la independencia y hablaba a sus lectores sobre la libertad del individuo para poder elegir.



Stefan Themerson. The table that ran away to the woods. London: Tate Publishing, 2012

Stefan Themerson. The table that ran away to the woods. London: Tate Publishing, 2012

Stefan Themerson. The table that ran away to the woods. London: Tate Publishing, 2012

Poco después, y formando parte de un pequeños libro de poemas, Stefan incluyó un linóleo de la fábula; el último es de 1942- probablemente de la época en la que el matrimonio se reencontró en París y que no fue publicado-.

Y ahí se quedó la historia, que, aunque concebida en los años 30, no fue hasta 1963 que se publicó como libro en polaco y hasta 2012 que se tradujo al inglés por la Tate Publishing. El libro cuyas imágenes verán a continuación, es el que corresponde a esta última edición y contiene la fábula aderezada con unos fantásticos collages, así como una excelente nota a la edición firmada por el historiador de arte y amigo personal del matrimonio, Nick Wadley.

Prepárense, nos vamos al monte siguiendo a la mesa. No se despisten, les advierto que tiene un ritmo trepidante.


Stefan Themerson. The table that ran away to the woods. London: Tate Publishing, 2012

Stefan Themerson. The table that ran away to the woods. London: Tate Publishing, 2012

Stefan Themerson. The table that ran away to the woods. London: Tate Publishing, 2012

Stefan Themerson. The table that ran away to the woods. London: Tate Publishing, 2012

Stefan Themerson. The table that ran away to the woods. London: Tate Publishing, 2012

Stefan Themerson. The table that ran away to the woods. London: Tate Publishing, 2012

Stefan Themerson. The table that ran away to the woods. London: Tate Publishing, 2012

La fuga de la mesa comienza con un par de zapatos que le sirven para alejarse del aburrimiento de vida a la que ha sido condenada en una casa, en una ciudad ¡Pies para que os quiero! que diría Frida, huye enloquecida atravesando una carretera, adelantando coches y perdiendo de vista a los edificios hasta que al fin siente la tierra bajos sus pies. Una vez en el bosque, se esconde entre ramas y permanece quieta hasta que se da cuenta de que de sus tablas comienzan a surgir brotes ¡La mesa ha echado raíces! en su tierra, en su entorno, en definitiva, al fin de vuelta en casa.

La tipografía, también corre libre, acompaña a la mesa en todas estas peripecias dando vida a las dobles páginas, añadiendo color y dando más ritmo a las sencillas rimas del texto de Stefan.

The table that ran away to the woods es un canto a la libertad y a la naturaleza, una fábula que no ha perdido significado y que tiene absoluta relevancia en momentos de éxodo como el actual, porque quien dice mesa, dice hombres-mujeres-niños que huyen del horror de la guerra con el único fin de ser libres.

Los Themerson han dejado un legado LIJ de incalculable valor artístico y pedagógico, y su mesa, es solo una pequeña muestra de ello. Así que, a partir de ahora, cuando paseen por la sección de mesas de IKEA, recuerden a Stefan y sonrían. Harán que estas estén un poco más cerca de alcanzar la libertad.

Rotraut Susanne Berner: Hans Christian Andersen 2016



Queridos lectores, me llena de orgullo y satisfacción... ¡Ay, no! volvamos a empezar que esto ha sonado terrible.

Queridos lectores, es un placer anunciarles que la única e irrepetible Rotraut Susanne Berner ha sido galardonada con el premio Hans Christian Andersen a la mejor ilustradora del planeta en la actual edición de la Feria de Bolonia.

Aquí, en la Pequeña Ciudad, esperábamos con impaciencia el momento, porque somos fans absolutos de Rotraut y de su querido Armin, a quien sin duda habrá brindado su premio.

¡Enhorabuena Rotraut!


Más info en:


*** Gracias a la corresponsal Paula Jarrin de la Librería Al·lots por informar en directo a la Pequeña Ciudad ¡eso sí que es una agencia de noticias ilustradas!!


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