La Pequeña ciudad de P.

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lunes, 28 de marzo de 2016

De rojo Sempé

Hace unas semanas hablábamos de la nomenclatura del color a propósito de un ilustrado de Dave Eggers ¿recuerdan el "Naranja Internacional" del Golden Gate? ¿y el Marrón Tour Eiffel? sí, claro, cómo olvidar que el rojo no es tan rojo, sino "Naranja Internacional". El caso es que de nuevo toca ponerse rojo, sí, al más puro estilo Marcelín, un pequeño amigo de Sempé que vive sus días de literatura infantil empeñado en ruborizarse.

Y es que en la LIJ, como en la vida, nos cruzamos con personajes particulares, y digo particulares por no decir raritos, que aunque distintos o por momentos extraños, no dejan de ser adorables y tiernos, algo así como una pequeña comunidad de outsiders que a pesar de su aparente aislamiento, son muy próximos al lector. Tal es el caso del anteriormente mencionado Marcelín de Sempé, o también el de La princesa que bostezaba a todas horas de Carmen Gil y Elena Odriozola, por no hablar de Adela de Marjorie Pourchet o El niño gris de Gusti. Como les decía, muy raritos, y si no me creen, díganme si no es extraño, que la joven Adela no salga de casa sin ponerse una bolsa de papel sobre su cabeza o que Marcelín se sonroje sin más ¿no es raro? eso sin mencionar a la princesa que bostezaba sin parar víctima de la apatía o el niño gris que además de lucir un color de piel poco saludable, no podía llorar, ni reír, ni nada de nada. En una palabra: raritos.

Pero ya que estamos, detengámosnos en la patología más preocupante de todas, la del niño sonrojado, el pequeño Marcelín. No se han preguntado ¿por qué se sonroja? no tienen curiosidad por saber qué hace a un pequeño de estas características pasarse el día rojo como un tomate y ni siquiera tener constancia de ello? ¿pero qué hay en el universo que pueda causar tal vergüenza a un chiquillo tan majo como Marcelín? no lo saben ¿no?. Pues van a tener que disculparme, pero ha sido imposible averiguar el diagnóstico de tal rubor y sonrojo. Por si no se hacen a la idea y piensan que esto es ficción, no pierdan de vista las siguientes imágenes.


Sempé. Marcelín. Barcelona: Blackie Little Books, 2016

Sempé. Marcelín. Barcelona: Blackie Little Books, 2016

Sempé. Marcelín. Barcelona: Blackie Little Books, 2016

Marcelín es otro de los hijos de acuarela del gran Sempé. Como él mismo decía, sus personajes no son más que una extensión de sí mismo por lo que para saber cuál es el porqué de los colores de Marcelín, deberíamos cambiar la pregunta que formulamos anteriormente y convertirla en: ¿pero qué hay en el universo que pueda causar tal vergüenza a un chiquillo tan majo como Sempé? (quien dice chiquillo, dice abuelete)

Las acuarelas de Sempé, donde sus personajes apenas hablan- sobre todo lo hacen con imágenes- transmiten al pequeño lector conceptos ricos en matices, y eso ocurre porque el autor construye los personajes a partir de la experiencia del niño, no desde el punto de vista e interpretación del mundo de un adulto, por lo que todo es más cercano a los niños, más sencillo y sobre todo muy natural. Como tantas otras veces, estas imágenes en apariencia tan sencillas, son el fruto de un enorme trabajo de depuración que elimina toda descripción superflua para quedarse con lo realmente importante, lo sencillo, el mensaje directo. De nuevo, al igual que en el mundo de la gráfica, Sempé nos da una clara muestra del menos es más.

Marcelín, una novelita publicada en París por Denoël en 1969, ha sido reeditada recientemente por Blackie Little Books (en sus inicios llegó a España como Marcelín Pavón de manos de Alfaguara a mediados de los 80) con un nuevo diseño de cubierta y un aire fresco que dará la oportunidad de disfrutar de la lectura de esta pieza LIJ a nuevas generaciones de lectores. Y es que las obras del francés siguen estando de absoluta vigencia, son atemporales y siguen desprendiendo la misma ternura, ironía y empatía a los lectores ¿por qué? porque son historias magistralmente construidas. Sempé es un mago de la literatura infantil, porque domina el diálogo sin abusar de la verborrea y controla a la perfección la narración visual con apenas unas cuantas líneas y pequeñas guiños de color.

Pero volviendo a Marcelín ¿creen ustedes que casi 50 años después de su creación este niño sigue colorado? pues siento decírselo, pero me temo que sí. Vean, vean.


Sempé. Marcelín. Barcelona: Blackie Little Books, 2016

Sempé. Marcelín. Barcelona: Blackie Little Books, 2016

Sempé. Marcelín. Barcelona: Blackie Little Books, 2016

¿Por qué Marcelín? ¿por qué? pues no hay manera de saberlo, Marcelín sigue teniendo ese tono de saturación en la cara, como hace 40 años y sigue sin poder ponerle remedio. Esto le convierte en el blanco de todas las miradas, algo especialmente incómodo para un niño tímido, pero también le sirve para acercarse a otras personas, chiquillos como él, tocados por la varita mágica de Sempé y a los que también les pasan cosas; es el caso de Renato, su mejor amigo y el que sin duda podría ser el mejor amigo de todos ustedes, porque Renato al igual que Marcelín son todo corazón.

Marcelín y Renato nos enseñan el verdadero valor de la amistad ¡Achís!, pero de la amistad de la buena, esa amistad con la que nos son necesarias las palabras para decir lo mucho que se disfruta de la compañía, de la confidencia o de la comprensión. ¡Aaaaach! Ambos nos cuentan que cuando la amistad es pura ¡Achiiiiisss!, el tiempo no es un inconveniente, y que los reencuentros son como las reconciliaciones: momentos maravillosos en los que todo vuelve a empezar. Por cierto, ¡Salud Renato!

Entre tanto, Sempé nos traslada a sus particulares atmósferas que van desde las bucólicas imágenes del campo (las briznas de hierba de sus campos se mecen como lo hacen en la fotografía cinematográfica de grandes como John Toll) al bullicio de las grandes ciudades, atiborradas de tráfico, gente, coches... Y es que Sempé tiene una visión cínica pero desenfadada del mundo que le rodea, así como una debilidad por la infancia y por el bullicio de las grandes ciudades: de la verticalidad de Nueva York al puzle de los tejados de París, a Sempé le encanta la arquitectura, la escenografía y las habitaciones repletas de gente al más puro estilo camarote de los Marx. 


Sempé. Marcelín. Barcelona: Blackie Little Books, 2016

Pero no quisiera dejar este pequeño post sin hablar de alguien escondido tras las páginas de este libro, alguien con quien esta redactora que les teclea cayó rendida en una especie de amor a primera vista: Rogelio Babiano, un tipo pequeñito, adorable y muy, muy distraído al que Marcelín le decía constantemente ¡Tú no estás sano Babiano! Y era verdad. Babiano está como una regadera: cambia los nombres a la gente, choca contra las cosas porque no mira por dónde va o se confunde de casa y se mete en la de la vecina. ¡Coff, Coff! es la historia de mi vida.

Dicen que el destino no es una cuestión de azar, pero díganme ustedes si no es un tanto caprichoso. Sempé describía su niñez así: “Mi infancia no fue espectacularmente alegre. Más bien era lúgubre, e incluso un poco trágica” ¿duro no? pues a pesar de todos los sinsabores con los que le castigó la vida en sus primeros años, el destino le otorgó un don literario que lo convirtió en uno de los mejores interlocutores con la infancia, y que le ha permitido encandilar a niños y no tan niños a lo largo de medio siglo (y lo que queda...).

Así que ¡Larga vida a Sempé! y a sus adorables amigos sonrojados, estornudones y despistados, ya que sin ellos, nuestra infancia tampoco hubiese sido la misma. ¡Salud Renato!




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