La Pequeña ciudad de P.

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domingo, 11 de noviembre de 2012

De garbanzos & paciencia

Han pasado años, décadas, y todavía me vienen a la cabeza imágenes de aquellos dibujos animados que veía cuando niña. Si hay una que tengo en mente constantemente es la del rastro de comida, sí, esa en que perros, gatos, humanos y demás bichería son capaces de atravesar el planeta siguiendo un hilillo de olor que conduce a una marmita al calor de la lumbre.

Es inevitable, si el domingo te levantas tarde, puede pasarte, y si te pasa, es porque el domingo, además de ser el último día de la semana, es el día de comer cocido- en sus múltiples variedades regionales-. Uno está en la cama y un aroma omnipresente se cuela en la nariz, despeja los sentidos y finalmente te obliga a levantarte. Una vez en pie, las ganas de comer crecen a cada segundo que pasa; ¿tienes hambre? ¿quieres comer algo?...

La semilla piloto. Sergio Mora. Barcelona:Thule, 2007

Pues sí, alguien querrá comérsela y será por culpa de ese olor que lo inunda todo: huele por aquí, huele por allí y las tripas comienzan a sonar, ¡qué hambre!, me comería una cabra, o dos, o un rebaño; entonces el olor se hace más y más intenso, descubres el templo perdido, allí donde la marmita alcanza la temperatura exacta para que los garbanzos bailen un charlestón, alargas tu mano y...¡zasca!

La semilla piloto. Sergio Mora. Barcelona:Thule, 2007

Dice el refrán que A la olla que hierve, ninguna mosca se atreve; el refranero se equivoca en ocasiones, como en esta, donde el cazador fue cazado y la mano que se disponía a navegar en un barquito de pan por el perol, acabó siendo devorada por la bestia: el cancerbero de los fogones.

Recuerda: si tu mano quieres conservar, a la olla del cocido no la debes acercar

Salud y feliz cocido de domingo.

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