La Pequeña ciudad de P.

La Pequeña ciudad de P.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Metamorfosis varias

Una mañana, al despertar de un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se encontró en la cama transformado en un insecto monstruoso.

... "¿Qué me ha pasado?" pensó. No era un sueño.

La metamorfosis. Franz Kafka
Zorro Rojo, 2009

Kid&cat. pedropiter, 2011


Si bien mi historia pudiese haber empezado como la de Gregorio Samsa, dista de ésta en que la conversión del ser no ha tendido a cucaracha (o escarabajo según las tribulaciones de Vladimir Nabokov en su libro Curso de Literatura Europea) si no a felino; mejor paso a explicarlo al detalle, antes de que ustedes, estimados lectores, pasen al colectivo "Abrir nueva ventana" y abandonen la bitácora de esta humilde escribiente.

Todo parecía normal, una mañana lluviosa propia del otoño recién llegado, el parque en la calma de la mañana y los transeúntes al ritmo que marcan los viernes- el de los cuerpos que tornan en "modo reposo" ante la llegada intempestiva del Sabbat o día de descanso-.

Todo estaba bien, o parecía estarlo.

Una vez de vuelta a la pequeña ciudad nuestros sentidos se colapsaron, algo estaba ocurriendo, pero no podíamos permitirnos husmear, olfatear u olisquear pista alguna. Presentíamos que algo extraño había pasado a nuestro perro tras el paseo, pero había algo que nublaba nuestro olfato investigador y nos impedía llegar al meollo del asunto.

Tras un período de observación, peinando la zona palmo a palmo y familiarizándonos con las nuevas circunstancias caninas que teníamos ante nosotros, algo nos hizo pensar qué era lo que estaba aconteciendo. Un cruce de miradas y una caída de párpados fue suficiente para darnos cuenta. Nuestro perro sufría el mal de Samsa.

Al contrario de Gregorio, la metamorfosis del cánido no había sido una transfiguración de tan claras evidencias, no había mutado para convertirse en otro ser, sino en una especie diferente, pero no en una especie cualquiera: el perro se había transformado en gato.

Sus ojos nos miraban con extrañeza mientras tratábamos de entender qué había sucedido. Él permanecía impávido durante nuestro prolongado y alejado examen. No sabía que ocurría, por qué tanto revuelo o ese extraño gesto de malestar en nuestros rostros. Pese a todo, él era feliz, al fin y al cabo, se había convertido en un felino.

La historia acabó en el agua, allí dónde los gatos encuentran su infierno particular.


Post Scriptum: nada de ésto hubiese sido escrito si el cánido no hubiese tenido a bien acicalarse en una gatera.



Sobre el Ilustrador: 

2 comentarios:

  1. k bueno!!!...viva ls perrosgatos!!...me encanta la ilustracion

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  2. Sí, sí, eso porque estás a más de 1000 km. A nosotros nos sobra el felino, básicamente por su presencia Absoluta en el ambiente.

    Ésto se ha convertido en una Casa Tomada a la medida de la de Cotázar, el tigre no deja de rondarnos...jajajajaja

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